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Albañilas rompiendo estereotipos.

Actualizado: 1 mar

Cada vez es más común observar a mujeres elegir profesiones consideradas “poco afines” a su estereotipo de género, como la construcción.


Cada vez es más común observar a mujeres elegir profesiones consideradas “poco afines” a su estereotipo de género, como la construcción.


Desde antes del nacimiento de una persona, nuestra sociedad imprime su destino de acuerdo con su género, masculino o femenino, cada uno revestido de características contrastantes entre sí y con tareas bien delimitadas y excluyentes. La mujer sigue estando destinada (aunque mucho menos que en generaciones anteriores) al ámbito doméstico, y el hombre, al ámbito público, de poder, independencia y prestigio. Con los años hemos avanzado en la lucha por lograr una mayor equidad entre ambos, observando el incremento de la participación de la mujer en ámbitos originalmente reservados para el varón. Aun así, persisten obstáculos para la plena inserción y permanencia en condiciones de igualdad respecto a ellos.


Es complicado romper los estigmas que impiden la plena realización del trabajo femenino; resulta impensable, entonces, que sean albañilas y hagan mezcla, levanten blocks, excaven o edifiquen algo por ellas mismas. ¿Cuándo hemos visto a una plantilla compuesta solo por mujeres construyendo una casa? ¿O qué tan frecuente es que llamemos al plomero y descubramos a una mujer en la puerta? Ciertos oficios siguen siendo destinados a la “fuerza y el saber” masculinos, aunque esto está cambiando. Esto me hizo recordar a un chico transexual a quien, cuando era percibido como mujer, se le negó un empleo porque implicaba esfuerzo físico. Al terminar su transición a hombre, solicitó el mismo empleo y se le fue otorgado sin cuestionamientos, aun cuando era el mismo cuerpo.


Hace unos días leí un artículo que mencionaba que tener una maestría o un doctorado no aseguraba un incremento en el sueldo, mientras que ejercer un oficio podía ser muy bien pagado. Un carpintero puede ganar de $1,000 a $3,000 pesos diarios; un buen albañil cobra una fortuna por cada block que pone; y un fontanero arregla en cinco minutos una fuga de agua, cobrando como si fuera fuga de oro. Hace semanas, al externar la idea de querer levantar la barda de mi patio, una amiga me ofreció su ayuda. Lo que sería subir la altura de la barda 20 cm e instalar una lámpara se convirtió en un trabajo conjunto de albañilería que implicó la edificación de más de 300 blocks sobre andamios, la ranuración de paredes para la instalación eléctrica, trabajos de fontanería y termofusión, soldadura y jardinería.


Recientemente se publicó el documental “Albañilas, mujeres que construyen sin patrón”. Cuenta la historia de mujeres que se autogestionan y reivindican su lugar en la albañilería. Han atravesado una serie de obstáculos, desde el acceso a materiales hasta la cultura machista con la cual son miradas. La equidad de género va más allá de si se es hombre o mujer: implica conocer el oficio, saber las técnicas y tener conocimiento específico; eso es lo complicado, no tanto el género de quien lo hace.


Por cierto, me duelen los brazos de levantar blocks; si conocen a un sobador o sobadora, mándenmelo.


¿Cuándo hemos visto a una plantilla compuesta solo por mujeres construyendo una casa? ¿O qué tan frecuente es que llamemos al plomero y descubramos a una mujer en la puerta? Ciertos oficios siguen siendo destinados a la “fuerza y el saber” masculinos, aunque esto está cambiando.

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