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La tranquilidad de bucear entre tiburones

19 ene 2021
4 min de lectura

Actualizado: 1 mar

Al finalizar algunas conferencias menciono esa experiencia compartiendo que quizá esa la actividad menos peligrosas que he realizado en mi vida, pues la conclusión es que “a veces resulta más seguro bucear entre tiburones, que andar entre personas”.



Por varios años he estudiado y trabajado en materia de resolución de conflictos, derechos humanos, diálogo, género y paz, lo que me ha permitido ubicarme en varias regiones del mundo tratando de lograr una transformación social positiva. He observado inequidades de género y violencia contra la mujer en lugares donde, por ejemplo, no se entiende lo que es una violación por creer que es normal; muertes; severas violaciones a los derechos humanos que aplastan la dignidad humana; discriminación por raza, nacionalidad, religión y preferencias sexuales; pobreza extrema; mortalidad infantil y muchas otras divisiones en la sociedad.


En mis viajes no todo ha sido trabajo y estudio; también he tenido aventuras, pues incluso las personas “pacifistas” sabemos divertirnos. Una actividad que realicé en Fiyi, mientras colaboraba con la ONU, fue bucear con tiburones en mar abierto. En mis ratos libres tomé una certificación internacional en buceo y, a través de la agencia Benqa, buceé entre docenas de más de ochenta diferentes especies de tiburones que convergen a distintas profundidades, convirtiéndolo en un spot internacional para profesionales de ese deporte extremo.


Éramos veinte buzos que estaríamos a más de treinta metros de profundidad en el mar, sin jaulas ni protección alguna; solamente el instructor portaba una vara de metal para alejar a los animales que se acercaran demasiado a nosotros. Hubo gente que no se atrevió a bajar por la intimidación y el miedo que provocó observar a las fieras desde la superficie, dada su imprevisibilidad. Las reglas eran estrictas, desde la vestimenta hasta la revisión constante de los niveles de seguridad del equipo, como: nivel de oxígeno, regulador, tiempo, profundidad, presión y señales para comunicarse. Una vez abajo, se debe estar preparado para cualquier incidente que ocurra, pues es responsabilidad de cada persona corregirlo por el riesgo que conlleva la actividad.


Los tiburones comenzaron a irrumpir entre enormes bancos de peces de colores, dispersándolos como fuegos artificiales: un juego mágico donde imponían autoridad y poder sobre cualquier criatura en el mar. A pocos metros de distancia observé desde tiburones de arrecife de punta blanca y negra, de 1.6 metros de longitud, hasta tiburones toro y tigre que alcanzaban los 4 metros. Algunos nadaron tan cerca que pude haberlos tocado, lo cual, aunque fue tentador, habría sido una locura. La escena fue digna de quitarme el aliento, pero recordé la primera regla del buceo: jamás dejar de respirar ni contener el aliento, pues los pulmones se pueden dañar. Rodeada de esos peces versátiles de dientes afilados, miré mis manos y por primera vez entendí el sentimiento más puro de vivir el momento presente, es decir, el aquí y ahora, y me entregué a la experiencia como si no hubiera otro minuto más en el reloj. Era aventurado decir que todo era seguro y que ninguno de esos peces carnívoros me tomaría de desayuno; y, aunque tuve percances técnicos, los pude resolver sin mayor inconveniente hasta que regresé a la superficie. Fue una vivencia extraordinaria que deseo repetir, que me dejó mucho aprendizaje sobre la vida marina y me llevó a reflexionar sobre la humanidad.


Ahora, al finalizar algunas conferencias, menciono esa experiencia diciendo que quizá esa ha sido la actividad menos peligrosa que he realizado en mi vida, pues mi conclusión fue que “a veces resulta más seguro bucear entre tiburones que andar entre personas”. Y es que es más seguro eso que vivir en países como Siria, donde miles mueren diariamente a causa de conflictos; o declarar abiertamente que se tiene la intención de contraer matrimonio con una persona del mismo sexo y adoptar infantes; o trabajar en un organismo de gobierno donde se hostiga sexualmente a mujeres y se les piden “favores sexuales” para ascender de puesto; o ser una mujer en México con un alto porcentaje de probabilidad de ser violentada por el solo hecho de ser mujer; o vivir en pobreza extrema, sin reconocimiento de la dignidad humana, donde abunda la impunidad, el abuso de autoridad y la discriminación que afrontan grupos vulnerables y minorías en cada rincón del planeta.


Antes de Hobbes, hacia el año 200 a. C., Plauto dijo: “Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro”, refiriéndose a los horrores de los que es capaz la humanidad consigo misma. Ello es una crítica que nos invita a unirnos y trabajar más como sociedad y a cambiar las causas estructurales, inherentemente conflictivas, que han originado tanto caos. Debemos respetarnos, reconocernos todas las personas como legítimamente iguales en dignidad y derechos, y genuinamente abordar el proceso hacia una cultura de paz que inicie desde el individuo y se propague hacia toda la humanidad, para que “sea menos peligroso andar entre personas que entre tiburones”.


Miré mis manos y por primera vez entendí el sentimiento más puro de vivir el momento presente; el aquí y ahora, y me entregué a la experiencia como si no hubiese otro minuto más en el reloj.



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